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Hancock



Director: Peter Berg

Intérpretes: Will Smith, Charlize Theron, Jason Bateman, Eddie Marsan, Jae Head.

Nacionalidad: Estados Unidos

Duración: 92 minutos

por Asier Sisniega 

Un Superman descarriado. De esta manera se podría denominar al nuevo y atípico superhéroe que Hollywood nos presenta este verano. Esta vez la idea no parte de un cómic de culto, sino de la imaginación de un guionista que escribió la historia hace una década y que en estos años no ha hecho otra cosa que ver cómo su guión pasaba de un estudio a otro, era reescrito y las fechas de rodaje y estreno eran pospuestas. Finalmente, ha sido en verano de 2008 cuando ha llegado a las pantallas. A priori, un proyecto víctima de una senda tan complicada en los últimos años parecería augurar un sonoro fracaso en taquilla. Sin embargo, el interés de Will Smith por la historia la rodeó a partir de ese momento de un halo de éxito económico. Así pues, se destinaron 150 millones de dólares a su producción, muchos de los cuales han terminado en el bolsillo de Smith, que ya es el actor mejor pagado. El resultado final, un tremendo éxito de taquilla, pero no artístico.

John Hancock es un hombre que reside en la ciudad de Los Ángeles, llevando una vida próxima a la mendicidad. Nada recuerda de su pasado excepto un hospital de Florida donde se encontraba ingresado en estado de suma gravedad. Él cree, que a partir de ese hecho se despertaron de algún modo unos superpoderes, en principio ilimitados, que muy a su pesar le permiten mantener el orden en la metrópoli. Esta desgana le lleva no sólo a refugiarse en el alcohol o a no lavarse, sino a descuidar sus labores de superhéroe. Así, no duda en destruir el mobiliario de la ciudad, produciendo millones de dólares en pérdidas o en tratar a patadas a la ciudadanía e incluso en poner en peligro la vida de inocentes. Esta metodología, por llamarla de alguna manera, le acarrea una mala prensa, haciendo que la sociedad y los medios no duden en pedir que desaparezca de sus vidas. Iniciará entonces una campaña de imagen que le conducirá a la cárcel, tratando de buscar que los ciudadanos le reclamen ante la necesidad apremiante de su ayuda.

Se ha de partir de una premisa inicial. Will Smith no es sólo un actor tremendamente taquillero, sino un buen intérprete. No duda en combinar estrenos comerciales con películas de mucho menor tirón mercantilista, e incluso intenta ambas cosas a un tiempo aunando elementos como en la reciente Soy Leyenda. Hancock se presenta como un film veraniego, donde no hay mucho más allá de su superficie que el mero entretenimiento palomitero de tan señaladas fechas. Y, sin duda, en su mayor parte del metraje lo consigue, con una cinta digna, pero muy lejos de lo que podría haber dado de sí.

Entre sus mayores bazas podemos encontrar una primera mitad francamente entretenida y agradable de ver. Es a partir de entonces cuando tiene lugar un importante cambio en el argumento, que no sólo trastoca al espectador sino a la propia narración, dando pie a numerosas escenas de acción, que aún siendo espectaculares no impiden que el interés vaya decreciendo. Otro punto interesante es el humor, necesario en este tipo de producciones y facilitado por la temática que abarca. En cuanto al alcoholismo y la mendicidad del protagonista, no se hace apología del alcohol, pero tampoco se tratan con el sosiego y claridad necesarios los problemas que acarrea esta droga legal. Estos puntos se emplean más como elementos cómicos en que apoyarse para proporcionar una historia de superhéroes que se salga de lo habitual, creando un antihéroe radical.

En el plano interpretativo no encontraremos nada que sobresalga, donde una Charlize Theron elabora un papel en el que presenta un gesto perpetuo de desagrado. Tampoco se puede decir mucho más del guión, al cual le falta más imaginación para inventar situaciones que alarguen algo más la película. De todos modos, esta falta de ideas será pronto solventada a buen seguro con una segunda parte, dada la gran repercusión en taquilla y el final de la cinta. Se echa en falta, por tanto, un mayor desarrollo del personaje principal, pero al tratarse de un blockbuster este deseo se torna un tanto utópico. En cuanto a los efectos especiales, nos encontramos con el habitual trabajo generado por ordenador, que pese a relucir en algunos momentos, no logran que dejemos de echar de menos los vuelos de Superman, más rudimentarios pero quizás más espectaculares y terrenales.

Quizás lo más interesante que se podría encontrar bajo su superficie sean unos leves análisis de la sociedad de Los Ángeles y de las campañas de imagen propias de finales del siglo XX y principios del XXI. Desde hace ya bastantes años, no sólo están medidos los gestos y las frases de los políticos destinadas a copar titulares, sino también las de los deportistas de elite o las de los propios actores. La tradicional foto con desfavorecidos se ha sustituido por fórmulas más complejas, que llevan a crear un personaje en torno a la persona, que va mucho más allá de su propia forma de ser y sus logros, convirtiéndolo en una marca, donde priman más unos supuestos valores fruto de la publicidad, que las verdaderas virtudes. Así, Hancock no encaja en los cánones actuales, por lo que debe reciclarse si quiere ser aceptado, por ello la necesidad de contratar un asesor de imagen.

Sin abandonar a los políticos ni a los rostros públicos, en Hancock se demuestra cómo la sociedad siempre se acaba mostrando disconforme con las caras conocidas, bien por un fracaso en su carrera, por una palabra dicha a destiempo o por un vestido horrendo. La disparidad de opiniones y la querencia de tratar de gustar a los demás son aspectos tan antiguos como el propio hombre, de ahí la imposibilidad de contentar a todos, más aún en la sociedad del “lo quiero ahora” en que vivimos. Los Ángeles, ciudad muchas veces retratada como paradigma de la deshumanización no sin gran parte de razón, comienza queriendo a Hancock, para desecharle y volverle a aceptar. Sin lugar a dudas, hubiera sido deseable haber profundizado aún más en este tema y en el del punto anterior.  

Como colofón, estamos ante una película de verano que entretendrá a cualquiera con ganas de pasar un rato ameno, pero sin el deseo de ahondar en ningún aspecto, pues todo está en la superficie. No esperen encontrar arte y ensayo si es lo que buscan.

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