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Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal



Director: Steven Spielberg

Intérpretes: Harrison Ford, Shia LaBeouf, Cate Blanchett, Ray Winstone, Karen Allen, John Hurt.

Nacionalidad: Estados Unidos

Duración: 124 minutos.

por Asier Sisniega 

Septiembre de 1989. El que suscribe contaba entonces con tan sólo 9 primaveras y un mes. Poco después de finalizar las clases de uno de los primeros días del nuevo curso me dispuse a ver Indiana Jones y la Última Cruzada en la primera sesión, en compañía de una amiga, largo tiempo atrás ya olvidada. Casi dos décadas después y en la misma sala de cine, ahora remozada, me entregué a dos nuevas horas de cine del héroe de aventuras por excelencia, Indiana Jones.

A lo largo de estos 19 años los rumores se han contado por cientos, las escrituras y reescrituras de guión se han sucedido al igual que han ido cayendo las hojas del calendario. Ha sido en 2008 cuando el trío Spielberg-Lucas-Ford se ha decidido a estrenar la cuarta aventura en las salas de todo el mundo. Los 65 años de su protagonista podían tornarse un impedimento para un héroe ya mítico, dando pie a las previsibles bromas acerca de su edad y a su condición de abuelo próximo a la jubilación y no tanto a la aventura. Pero lo más importante, ¿Está a la altura del resto de la saga esta entrega? Quizás debiera replantear la pregunta: ¿es tan divertida y carismática como las otras tres cintas? Comprobémoslo.




En 1957 un convoy presuntamente estadounidense avanza por el desierto de Nevada hasta alcanzar el Hangar 51. Allí, los soldados se revelan como agentes soviéticos, acabando con los guardias y accediendo a un hangar repleto de miles de cajas que guardan todo tipo de secretos de Estado. Entre ellos se encuentra un objeto estudiado por Indiana una década atrás, el féretro de un alienígena de Roswell. El doctor Jones se encuentra secuestrado en el maletero de uno de los coches que conducen los rusos. Los comunistas, liderados por Irina Spalko, quieren utilizar a Indi para encontrar la caja que contiene los restos del alien. Jones les conducirá a él, pero no tardará en tramar una escapatoria que le llevará a un pequeño pueblo de Nevada cuando ya todo parecía perdido. Para colmo de males, el pueblo al que llega no es más que un decorado con maniquíes, donde en breves minutos se va a experimentar cómo es la reacción a una explosión nuclear en edificios y en humanos. Indiana Jones escapa de nuevo al límite de una forma rocambolesca y divertida, para al llegar a la Universidad Marshall descubrir que está siendo investigado por supuestas actividades filocomunistas. Un joven, Mutt Williams, le informará de la desaparición de Harold Oxley junto a su madre, Marion Ravenwood, tras descubrir un cráneo de cristal en Nazca, Perú. Indi no tendrá más remedio que engastarse en su traje de aventurero y acudir a Sudamérica.

Una de las principales novedades de la cinta es la aparición de un nuevo personaje, Mutt Williams (Shia LaBeouf), que por si nadie en la sala lo había imaginado se trata del hijo desconocido que tiene Indiana. Si en la anterior entrega se nos presentaba al padre, ahora se hace lo propio con el hijo. Esto da pie inmediatamente a pensar en una saga tan prolongada como Star Trek, que con carácter episódico llegaría a nuestras pantallas. Esto no puede ser afirmado a la ligera, pues son meras especulaciones. De ser cierto, si no lograse un mínimo de interés y de calidad en sucesivas entregas, ensuciaría el prestigio ganado a pulso en los años 80. Tenemos un ejemplo similar de intento fallido en Las Aventuras del Joven Indiana Jones, que no se aproximaban a las cotas de calidad de su versión cinematográfica. En todo caso, haya o no una saga con este nuevo personaje, la posibilidad existe, dado que Indiana cuenta ahora con un hijo que también presenta buenas aptitudes para la aventura.





Extrañamente, el personaje de Shia LaBeouf no nos es presentado como una figura amigable, más bien al contrario. Inicialmente, emulando a Marlon Brando y James Dean, aparece en pantalla moto en ristre, en una presentación un tanto forzada. El efecto buscado por sus creadores es el de un individuo que comienza siendo odiado por su actitud chulesca, para poco a poco lograr el agrado del respetable, hasta el punto que lo logró el padre. Sin embargo, esta progresión no se produce por completo, lastrada por la acumulación de escenas de acción que no dejan mucha capacidad de maniobra al personaje, diluyéndose la evolución en un grupo bastante amplio de intérpretes principales y secundarios. 

En cuanto al trabajo interpretativo de Shia es difícil juzgar si estamos ante un talento juvenil de 21 años o ante el último actor de moda que ve como en unos años se le acumulan los proyectos, para tan pronto como llegó desaparecer. En todo caso, esto lo dictaminará el futuro y el contar con el apoyo de Steven Spielberg no es un mal comienzo. El resto del plantel, copado de secundarios ilustres y de reconocida solvencia, cumple dentro de la corrección, como, por ejemplo, la siempre eficaz Cate Blanchett o el excelente John Hurt. Para Harrison Ford los años no son un obstáculo insalvable, pues durante la proyección de la cinta pronto olvidamos su actual edad para volvernos a poner en la piel de uno de los grandes personajes de Hollywood. Harrison se muestra ágil y en un llamativo buen tono físico, quizás algo delgado, pero para nada se puede bromear con que estamos ante un personaje de geriátrico, por mucho que se empleen dobles en bastantes escenas.




Cuentan que Lucas y Spielberg desarrollaron el personaje en una playa de Hawai a finales de los 70, poco después de que Lucas enloqueciera la galaxia con Star Wars. Una década después el personaje formaba parte de la historia del cine. Es por ello que las expectativas eran muy altas y la elaboración de un guión a la altura de las circunstancias era una condición sine qua non. En estos últimos años hemos asistido a guiones que se encontraban con el rechazo de los máximos responsables de la saga, a agendas muy apretadas que impedían el rodaje, porque los proyectos de uno solapaban los de los otros y al apremio de la edad del protagonista. Todo esto no ha hecho más que acrecentar las esperanzas en esta película, que restituiría la grandeza de la meca del cine.




Desgraciadamente el guión del irregular David Koepp no está a la altura de lo esperado. El MacGuffin del argumento no logra captar la atención del espectador como lo hacía en anteriores entregas, provocando que éste se encuentre por momentos en tierra de nadie. Definitivamente, la relación de Indiana Jones con los extraterrestres no es atractiva, como tampoco lo es la calavera de cristal que da título al film, un objeto tan poco vistoso como apetecible para el espectador. Indiana Jones requiere de aventuras más terrenales, plagadas de elementos fantásticos sí, pero mucho más apegados a la realidad y no tanto a las batallas interestelares. Cabe preguntarse, cómo hubiera sido la película de contar con alguno de los otros guiones propuestos, por ejemplo el del normalmente previsible, pero eficaz, Frank Darabont.  

Por muchos momentos del metraje no se deja sentir la mano del director detrás. Simplemente no parece una película de Steven Spielberg, salvo por pequeños detalles de genialidad marca de la casa. Este hecho, que pudiera ser positivo en la medida de suponer una reinvención, no lo es así, pues responde más a una falta de personalidad y de anarquía en el resultado final. El film y diversas escenas en particular no distan demasiado de émulos tan diversos y discutibles como La Búsqueda o La Momia. Las secuencias más destacables son aquellas en que se explota la veta de la exploración, como el cementerio de Nazca o el Templo de Akator, siendo muy de agradecer la tranquilidad con que son abordados los momentos del cementerio, impropios del cine de acción destajista al que estamos acostumbrados últimamente. También son muy acertados los minutos iniciales de la película hasta que Indiana escapa de la explosión nuclear, con guiños a las entregas anteriores, arca perdida inclusive.





Pero no todo el monte es orégano. Algunas secuencias pecan de falta de calidad, como la persecución por la jungla en que los personajes luchan entre sí montados sobre varios vehículos, unos minutos demasiado emparentados con los videojuegos y donde se abusa del CGI. También raya a muy bajo nivel la secuencia en que los protagonistas son trasladados a un campamento en el Amazonas, donde se nos trata de explicar parte del argumento central, pero todo suena demasiado hueco y vacío. También en este lugar nos es revelado que Mutt es el hijo de Indiana, un elemento totalmente predecible. Pero la saga toca fondo en un momento en particular, cuando Mutt emula a Tarzán en compañía de monos, saltando de liana en liana a una velocidad tal que supera a los vehículos motorizados hasta el punto de caer sobre sus enemigos. Una escena tan bochornosa que produce vergüenza ajena, y que constituye no sólo el momento más vergonzante de la obra, sino probablemente de la carrera del propio Spielberg.

Tampoco es muy comprensible la boda final del protagonista con Marion Ravenwood (Karen Allen), que parece querer impedir apresuradamente que los personajes continúen viviendo en pecado. Si los policías difícilmente logran en el cine sacar una familia normal adelante, mucho menos un arqueólogo que arriesga su vida aventura tras aventura. Es como tratar de casar a James Bond.




No podemos saber si detrás de estas secuencias está la mano de George Lucas o si son un pinchazo del director de Cincinnati. Lo que sí podemos vislumbrar es que el abuso del CGI es una constante en el cine reciente de Lucas, que apabullado por las nuevas posibilidades tecnológicas, ha roto con el encanto del aire a serie B de la saga inicial de Star Wars para adentrarse en terrenos donde prima el festival visual. Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal es víctima de este mismo defecto, aunque en menor medida. En la campaña de promoción se han empeñado en afirmar que el uso del ordenador es testimonial, pues se quería preservar el sabor original, y efectivamente se ha mantenido en el uso de especialistas, pero por el contrario el director ha admitido haber usado secuencias generadas por ordenador en al menos un 30% del metraje, una cifra excesivamente alta si la comparamos con la trilogía “analógica” de los 80. 

La puesta en escena ofrece una mezcla interesante de estilos y herramientas, donde unos salen mejor parados que otros. Al mencionado abuso del ordenador con no demasiado acierto, dada la calidad de los efectos obtenidos, hecho éste probablemente deliberado, se une una correcta fotografía de Janusz Kaminski, que bebe del estilo del anterior responsable, Douglas Slocombe, y del technicolor de los años 50. En los decorados se busca de nuevo el efecto de serie B propio de la saga, en lugar de unos maravillosos y amplios decorados, lo cual es de agradecer, pues se aproximan más a lo que el imaginario colectivo asocia con las ruinas y con los arqueólogos, que a la pura realidad. Se podría decir que se busca que los decorados de parque temático sean más reales que la propia realidad.




En definitiva, Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal no es una mala película, tampoco una gran obra de arte, cuenta con algunas secuencias muy entretenidas y efectivas, y otras más pobres, en un conjunto con un argumento que deja que desear y que no engancha como debiera. A veces el esperar dos décadas no es sinónimo de que el regreso sea triunfante por haber dispuesto de tanto tiempo para elaborar la historia, ahí están casos como la propia Star Wars o el Padrino.

Si finalmente se deciden por una quinta película, es deseable que se aumente la calidad del guión y del argumento, de lo contrario es mejor dejar reposar al personaje. Si, como es probable, acuden a verla al cine, no lamentarán la inversión, pues ofrece un par de horas entretenidas, pero no dejará en el espectador ninguna secuencia que quede indeleble en su memoria por siempre, como sí lo hacían el resto de cintas, y lo peor, no logra emocionar como uno esperaría del reencuentro con Indi.

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