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El Código da Vinci



Director: Ron Howard

Intérpretes: Tom Hanks, Audrey Tautou, Ian McKellen, Alfred Molina, Jean Reno, Paul Bettany.

Nacionalidad: Estados Unidos

Duración: 149 minutos.

por Asier Sisniega

El enorme éxito literario que ha supuesto El Código da Vinci de Dan Brown conducía inevitablemente a una macro producción de Hollywood. Una novela que ha vendido 45 millones de ejemplares en poco tiempo y que ha pasado por las manos de muchas más personas. La polémica suscitada en torno a la Iglesia católica y diversos grupos de diferente índole ha ayudado a acrecentar aún más el éxito de este best seller de dudosa calidad literaria. Pocas películas logran que la mayor parte del respetable haya leído la novela, ni siquiera grandes taquillazos recientes como la trilogía del Señor de los Anillos o la saga de Harry Potter. Los productores de Hollywood han sido conscientes desde el primer momento de que si la película era vista por al menos la misma cantidad de lectores de la novela el éxito podía ser mayúsculo, así que rápidamente la película entró en fase de preproducción.

El equipo responsable de Una Mente Maravillosa se encarga de la plasmación en la gran pantalla. Akiva Goldsman, guionista del citado film se enfrenta a la tarea de adaptar unos extensos y reveladores diálogos, que juegan un papel fundamental en la cinta. Ron Howard, un hombre ligado al cine desde su más tierna infancia, actor en más de 70 trabajos también ha logrado el reconocimiento como director, con éxitos como Apollo 13, Llamaradas, Cinderella Man, Willow, 1,2,3 Splash y Cocoon.







El Profesor de Simbología Religiosa Robert Landon (Tom Hanks) recibe la visita de la policía secreta poco después de finalizar una conferencia en París. Landon tenía una cita con Jacques Saunière, conservador del museo del Louvre, pero éste no se presenta a la cita. La policía le informa de que el cuerpo ha sido encontrado desnudo en el ala Denon del Louvre, en la posición del Hombre de Vitruvio. Diversos mensajes alrededor de su cuerpo llevan a Robert Landon y a Sophie Neveu (Audrey Tautou), agente de policía francesa y nieta de Saunière, a investigar las obras más famosas de Leonardo da Vinci ubicadas en el museo. Ante la persecución de la policía y de grupos ligados a la Iglesia, ambos se verán obligados a huir por las calles de París en una búsqueda desesperada por saber quién era Jacques Saunière y descubrir los secretos que conducen al Santo Grial.

 
La novela ha hecho correr ríos de tinta en los medios de todo el mundo. Pocos se cuestionan las causas que han conducido a que el libro sea el gran éxito de este siglo recién comenzado. ¿A qué se debe que cientos de millones de personas lean el mismo libro con la ingente cantidad de obras que se lanzan cada año? ¿Por qué motivo se han organizado rutas turísticas por París o Londres para seguir los pasos de los protagonistas del Código da Vinci? El libro aúna muchas de las claves del éxito. Recurre a la figura de Leonardo da Vinci, uno de los grandes hombres de la historia, sobresaliente en multitud de campos, visionario y a la vez enigmático. Multitud de datos alrededor de su persona todavía por confirmar, el hecho de que fuera un adelantado a su tiempo y su genialidad lo convierten en una de las figuras más atractivas de la historia. A ello le unimos una trama de misterio y aventura, ligada a sectas y confabulaciones dentro y fuera de la Iglesia, ambientes sórdidos y alejados del mundo cotidiano de la calle. El misterio representa un gran atractivo para el mundo occidental del siglo XXI, los países avanzados viven cada vez más alejados de las tradiciones, algo que no han abandonado numerosos países africanos, sudamericanos y asiáticos. El gusto por las conspiraciones en el mundo de hoy y por los misterios, vienen a llenar parte de ese vacío, ya que el dinero y el conocimiento actual no explican por sí solos muchas de las grandes preguntas del ser humano.




La Iglesia vista desde la distancia constituye un entorno cerrado, enigmático, asociado tradicionalmente a confabulaciones en la sombra, a la lucha de fuerzas de poder, a un conjunto de valores anclado en el tiempo que avanza mucho más despacio que lo hace la sociedad. Éste es un importante caldo de cultivo para situar la novela en otro de los puntos más característicos del mundo occidental, la ciudad de París. Destino habitual de millones de personas, el turista se ve rápidamente representado en la novela, ya que el propio protagonista es un extranjero en tierra ajena. Él descubre los lugares que el turista suele frecuentar, comenzando por el museo del Louvre. Este majestuoso museo es el lugar perfecto para empezar una trama de misterio que junta en un mismo plato muchos de los ingredientes más interesantes para el gran público. Si a ello le añadimos grandes persecuciones por París y una aventura que se adentra en Inglaterra todavía obtenemos más elementos que el público general asocia rápidamente. Todo esto sobre el papel parece muy interesante, pero después hace falta plasmarlo con eficacia en la novela. Dan Brown elabora un argumento efectista, excesivamente ambicioso y por momentos a todas luces arrogante. Su literatura es pobre, al igual que la construcción de los personajes. Sus conocimientos de matemáticas le llevan a cargar las tintas sobre otros elementos que hacen las delicias del público, los puzzles y acertijos, algo que la literatura lleva desarrollando incluso siglos y que hasta los videojuegos llevan aplicando algo más de dos décadas.





La reconstrucción que Brown hace de la historia católica no tiene mayor importancia que la que puede hacer cualquiera de nosotros. Considero desmesuradas las reacciones de la Iglesia católica, más interesada en la publicidad gratuita que en reafirmar la fe. Se puede decir que novela e Iglesia se benefician mutuamente. Que durante siglos se nos haya intentado vender que las Sagradas Escrituras sean enteramente ciertas es tan poco probable como que la trama de Brown sea igualmente real. Lo que sucedió hace dos mil años seguirá siendo una incógnita por mucho tiempo y las diferentes voces en contra intentarán ser acalladas como ha ocurrido hace poco tiempo con el Evangelio de Judas. Lo que no se puede obviar es que Brown representa en gran medida la ignorancia que reina en Estados Unidos y otras grandes potencias. Sus otras obras demuestran que es un escritor mediocre, que se documenta poco y mal, pero con una ambición sin límites, tomando de aquí y allá su inspiración.

 
El Código da Vinci es, por tanto, la acumulación de las claves del éxito, un puzzle en sí mismo que conduce al éxito de taquilla y en las listas literarias. De regreso a la película, Ron Howard permanece fiel a la voluntad del libro y juega sus mismas cartas.

El comienzo en París adolece de una baja calidad alarmante, los enigmas son resueltos con excesiva celeridad, el misterio no funciona, los personajes son presentados de forma brusca y lo que conforma una de las mejores partes del libro se diluye en la película como un azucarillo constituyendo el fragmento más flojo de la cinta. Lo que comienza como un probable fiasco va tomando forma hasta convertirse en una película interesante y entretenida, con un final con algunos cambios que funciona mucho mejor que en el libro. Lo que gran parte de la crítica de Cannes definía como una película pretenciosa, es por el contrario una cinta bastante más humilde que el libro del que parte, lo cual deja ver a las claras que muchos de los periodistas no han puesto sus manos previamente sobre el libro de Brown. Se puede decir que Howard suaviza la novela, no sólo para no ofender a la Iglesia, el Opus Dei o cualquier otro grupo, sino para quitar ese aire de superioridad que se detecta en la novela y que es característico del pueblo americano. Ron Howard ha sido a lo largo de su carrera un director eficaz, responsable de bastantes éxitos que han contado con el respaldo de público y crítica, pero ni sus obras son clásicos ni grandes fiascos. Es un director muy regular en sus trabajos que no despunta nunca ni para bien ni para mal y cuyas señas de identidad tampoco van impresas en los fotogramas, es un director al servicio de la industria que no hace cine de autor precisamente.





Los defectos son numerosos. El desarrollo de personajes es rotundamente nulo, son tan planos como las llanuras de Castilla, sin ningún carisma, ni atractivo para el espectador. Tom Hanks está irreconocible, perdido entre tanto misterio, no acaba de entrar en su papel en ningún momento. Lo mismo se puede decir de Audrey Tautou, que parece que han tomado como francesa tipo y encarna sin convicción a su personaje. Se puede decir que Howard consigue una mala dirección de actores, algo que no es demasiado habitual en su cine, bastante más preocupado por interpretaciones equilibradas. Muchos de los defectos de la película provienen de la novela, el film no ha hecho más que subrayarlos sobre la pantalla grande. La trama enrevesada y los abundantes diálogos vacuos continúan presentes en la película, pero aquellos que esperaban una suerte de Indiana Jones se verán profundamente decepcionados, puesto que Robert Landon ni tiene el carisma de éste, ni su sentido del humor, y el feeling entre los dos protagonistas es nulo, una pareja que no funciona en ningún plano de la película.


A nivel técnico la película responde a lo que se espera de una gran producción de Hollywood, aunque los permisos para rodar en el Museo del Louvre están bastante desaprovechados, puesto que la premura con que se desarrollan los acontecimientos impiden ver el museo como un lugar misterioso desde el momento en que cae la noche.  La banda sonora corre a cargo del alemán Hans Zimmer, que en los últimos tiempos no está cuajando bandas sonoras tan imponentes como años atrás, pero que demuestra su valía en una última secuencia donde su partitura emociona.





La crítica ha destrozado la película. Muchos parecen no querer ver los fallos que ya había en la novela y cargan todas las culpas sobre el film. Sin embargo, otras películas más pretenciosas como las de Wong Kar Wai, son elevadas al Olimpo del cine sin entretener ni una cuarta parte de lo que lo hace esta cinta.

Con todo, la búsqueda de este Santo Grial está a años luz de la trilogía de Indiana Jones que pronto se verá ampliada. El Código da Vinci está más cerca de películas como La Búsqueda, que han crecido al calor del éxito inmediato de la novela de Brown. Un film entretenido pese a su duración, que logrará que unos espectadores se sientan decepcionados y otros exultantes, que será olvidada pocas horas después de ser vista, y que es por tanto un pasatiempos sin más pretensiones, sobre todo para aquellos que quieran encontrar respuestas reales a sus grandes preguntas. Recomendable para aquellos que hayan leído la novela y les gusten las conspiraciones y el misterio.


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