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La Guerra de los Mundos




Director: Steven Spielberg

Intérpretes: Tom Cruise, Dakota Fanning, Miranda Otto, Justin Chatwin, Tim Robbins.

Nacionalidad: Estados Unidos

Duración: 116 minutos.

por Asier Sisniega

De la mano del tandem Spielberg – Cruise nos llega esta revisión de la Guerra de los Mundos, novela escrita por H.G. Wells en 1898 y que no ha dejado de cautivar desde entonces. Si por algo se ha caracterizado el estreno de la película ha sido por la histriónica campaña de visitas de Tom Cruise. Éste en apenas dos semanas se ha recorrido medio planeta cual estrella de rock, encadenando capital tras capital. Las grandes medidas de seguridad convertían las proyecciones en auténticos centros penitenciarios, unas normas de seguridad fuera de lugar, que sin exagerar eliminaban la libertad de expresión de los periodistas so pena de prohibir al medio cubrir el estreno de cualquier otra película de la Paramount. Por si esto fuera poco, Cruise ha despotricado contra los psicólogos allí por donde ha ido, ha reivindicado la absurda Iglesia de la Cienciología, que sólo prima los bolsillos más abundantes y ha protagonizado una petición de mano de lo más empalagosa junto a su nueva novia, véase su entrada en moto en un cine de Los Ángeles. La cuestión es la siguiente: ¿necesita Steven Spielberg todo este circo cuando no tiene nada que demostrar ya a estas alturas?

 

La historia es bien conocida por todos. Pese a que las licencias con respecto a la novela son varias, el esqueleto permanece. Tom Cruise es un padre divorciado de Nueva Jersey que ha de hacerse cargo de sus hijos durante un fin de semana. Horas antes de ir a trabajar una monstruosa tormenta se presenta en la ciudad, descargando 27 rayos de inusitada potencia. De los orificios causados por los rayos nacerán extrañas máquinas que arrasan con cualquier atisbo de vida inteligente. En esta situación, se impone la lógica de la huida y se deja el enfrentamiento al ejército. En apenas 48 horas el país más poderoso del mundo caerá en manos alienígenas.






La película olvida la Inglaterra rural y el Londres de finales de XIX de la novela y nos traslada al área de Nueva York y Nueva Jersey, una deslocalización adecuada para los gustos del público americano, que evidencia que Londres era el ombligo del mundo hace un siglo, pero que ahora éste se ha trasladado 5000 kilómetros al oeste. En el film no hay un único protagonista que deberá huir en soledad de las máquinas, sino que tenemos a un padre de una familia rota que quiere garantizar la salvaguarda de su descendencia. Esto da mayores posibilidades argumentales, aunque éstas no estén del todo bien perfiladas. Redibujando la niñez de Spielberg, éste coloca a sus protagonistas en una familia fragmentada, donde unos hijos confusos atraviesan ese momento de la vida tan complicado que es la pubertad. Los sitúa en los suburbios de una urbe, perturbando la habitual tranquilidad de estas zonas residenciales, lugares donde nunca se esperan sorpresas, algo que es una seña de identidad de muchas de sus películas. Una niñez marcada por la separación de sus padres, el american way of life y las muchas horas de series de ciencia ficción de los años 50 y 60. De todo esto bebe la película, aunque del espectáculo inofensivo de la versión de 1953 pasamos aquí a un espectáculo con mayúsculas, un cine convertido en atracción de parque temático.

El arranque es similar al libro, si bien se podría haber sido más incisivo como así lo quiso H.G.Wells. Los diálogos son ágiles y la presentación de personajes es rápida pero efectiva. Tom Cruise encarna a Ray Ferrier, un portuario cuya vida es ciertamente desastrosa. Vive en una casa desordenada, sin apenas alimentos y conduce de manera imprudente, en resumen, una persona incapaz de educar a unos hijos, pero sí de protegerlos aunque en ello vaya su vida. El nacimiento de las máquinas es sobrecogedor, unos gigantescos decorados dan vida a todo un barrio que se retuerce ante su aparición. Unos efectos especiales, y un sonido atronador harán mantener la vista tan clavada en la pantalla que por momentos nos introduciremos por completo en la historia. En esos momentos peca de exagerada, pone al límite la integridad física del protagonista de modo que en multitud de ocasiones la muerte roce por centímetros su cuerpo, claro que la realidad siempre supera a la ficción. No puede faltar el toque Spielberg en momentos puntuales como cuando discute con un mecánico y al abandonarle éste explota en mil pedazos como si no hubiera más personas en la calle y él fuera el único objetivo, un toque gratuito pero con mala leche.

 

Tom Cruise no coge un bazooka y comienza a disparar a las máquinas, ni siquiera trepa por ellos y les introduce un explosivo por cualquier resquicio. No, esto es a lo que nos tiene acostumbrados Hollywood en los últimos años. Ray Ferrier no es más que un hombre corriente que lucha por huir con los suyos cuanto más rápido mejor, sin importarle el concepto de cobardía. Incluso para salvar su vida es ayudado por otros en más de una ocasión. Esto es un acierto sin duda, pero no es una virtud, más bien es defecto del resto de películas. Tanto en la novela como en la película el protagonista se esconde, no duda en pasar allí los días que hagan falta hasta que los alien hayan desaparecido.





La Guerra de los Mundos es una película eminentemente húmeda, el fotógrafo Janusz Kaminski le imprime unos tonos oscuros, donde el agua toma todas sus formas, desde la lluvia, pasando por la nieve y la niebla. Algunos planos generales de los pueblos o las ciudades siendo atacados son auténticos cuadros vivientes, un ejemplo de un uso certero de los efectos por ordenador. Un mundo onírico, próximo al creado para la película Más Allá de los Sueños, aunque sin resultar tan excesivo.

 

En los últimos proyectos de Spielberg se le ha achacado una falta de pulso a la hora de poner un punto y final a sus películas alargándolas en exceso, donde 20 minutos resultan redundantes y no ayudan en términos generales a la narración, como era el caso de Inteligencia Artificial. En la Terminal, estrenada en Junio de 2004 poco se puede decir a su favor para salvarla de la quema aparte de unos fines nobles, pero que no cuajaba en ningún momento siendo demasiado maniquea y almibarada. En La Guerra de los Mundos vuelve a cometer ese error de bulto que hace que su final lastre más de una hora de metraje excelente. Si en la novela el protagonista entraba en un Londres desolado, propio de una mañana de domingo estival, donde los alienígenas acababan de morir de forma natural, aquí se nos presenta la captura de Ray y de su hija y la posterior entrada en la ciudad de miles de personas acompañadas del ejército, amén de un innecesario enfrentamiento entre militares y extraterrestres. Spielberg rompe con una de las mayores virtudes de la novela, la soledad. Refleja de manera muy acertada la huida, el pánico, lo que es capaz de hacer la gente por salvar su vida, pero no lo contrasta con la soledad de saberse solo en una urbe de 7 millones de personas. Esos últimos 20 minutos de película la podrían haber convertido en una de las mejores películas de catástrofes o de ciencia ficción, pero se echa por tierra gran parte del trabajo, quizá para sorprender a los millones de personas que ya conocían el final de la novela. Sin embargo, en ocasiones, la línea recta es el camino más acertado.

 

Se pueden hacer muy diferentes lecturas del final de la película, desde la necesidad de que toda nación cuente con un ejército de cierto tamaño o que cualquier país en cualquier momento puede ser atacada por fuerzas externas e inesperadas, referencia obligada al 11-S y al 11-M, la guerra contra el terror, aunque por todos es sabido que Spielberg es afín al partido demócrata. Él mismo ha afirmado que éste era el momento justo para mostrar unos alienígenas violentos y nada conciliadores, de acuerdo al ambiente que se vive a nivel internacional.





El despliegue técnico es apabullante, Spielberg maneja la cámara a su antojo, logrando imposibles. Rodea un coche sin cortar y la aleja del mismo para dar una perspectiva general para de nuevo regresar, auténticos malabarismos propios de un genio que dispone de dinero para dar rienda suelta a su imaginación. Deja fuera de campo el fragor de la batalla en lo alto de una colina, no necesita mostrar la cruenta batalla para que sepamos que lo que allí se libra es muy superior a lo que un ejército puede afrontar. Steven pone de manifiesto un absoluto dominio del medio y del tempo narrativo, pero falla en el remate a puerta vacía una y otra vez.

 

La interpretación de Tom Cruise no pasa del simple aprobado, correcto en su papel de padre incapaz de dar explicaciones a sus hijos. Mucho mejor se puede hablar de Dakota Fanning, una niña con dotes innatas, que es la versión femenina de Haley Joel Osment. El papel de Robbie, el hijo de Ray es poco afortunado y tópico, pero no se le puede achacar al actor si no al personaje creado. No es una película destinada a reflexionar, para eso ya están otras obras del director de Cincinnati, pero sí que pone los pelos de punta pensar que podríamos estar siendo vigilados por entes superiores y la simple posibilidad de ser exterminados.

 

Como conclusión, la Guerra de los Mundos es un espectáculo impactante, una de las películas que más me han sobrecogido por el despliegue técnico en una sala de cine, pero no termina de ser redonda por 20 minutos finales mejorables. Sin duda, será la película del verano, y hará una gran caja, mereciendo la pena sin lugar a dudas su visionado. De todos modos, ¿era ciertamente necesario tan estrambótica campaña publicitaria para llevar a cabo este proyecto? Resulta bastante patético pensar que después de una carrera tan dilatada y plagada de éxitos haya que caer tan bajo. Ahora sólo cabe esperar con ansia sus próximos proyectos sobre los asesinatos de atletas israelíes en los juegos olímpicos de Munich 72 y el interesante proyecto junto a Clint Eastwood sobre la batalla de Iwo Jima en la Segunda Guerra Mundial.



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