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Match Point



Director: Woody Allen

Intérpretes: Scarlett Johansson, Emily Mortimer, Jonathan Rhys-Meyers, Brian Cox, Matthew Goode, James Nesbitt.

Nacionalidad: Reino Unido y Estados Unidos

Duración: 124 minutos.

por Asier Sisniega

En la recientemente finalizada 53 edición del Festival de San Sebastián se ha presentado en la sección Zabaltegi entre las perlas de otros festivales la nueva película del neoyorkino Woody Allen titulada Match Point. Éste es el primer film que rueda por entero en Gran Bretaña, y ha quedado tan satisfecho que ha prometido repetir en el futuro más inmediato. Para este proyecto ha contado con rostros jóvenes, entre los cuales destaca la excelente Scarlett Johansson.

Chris Wilton (Jonathan Rhys-Meyers) es un jugador profesional de tenis recientemente retirado que deja los circuitos internacionales por entrenar a inexpertos en un club de tenis. Para una persona acostumbrada a devolver los golpes de los grandes entrenar a ancianos o jóvenes novatos resulta tedioso. Pronto conoce a Chloe Hewett (Emily Mortimer), hija de un poderoso empresario, con la que entabla una relación sentimental. En una visita a la familia de ella conocerá a Nola, prometida del hermano de Chloe, que es una joven estadounidense de lo más sensual. Chris quedará prendado de ella, pero la situación financiera que logra al lado de Chloe le hará dudar continuamente entre una mujer cuya vida está planificada al milímetro y la pasión que siente por Nola.



El comienzo de la película es poco prometedor, Chris Wilton es un ex jugador de tenis que ama la ópera y lee a Dostoievski. Sus jóvenes conocidos tienen los mismos gustos e incluso sienten pasión por el ballet. Su novia Chloe va incluso más allá, sin olvidarnos por supuesto de la música clásica. No es que tenga nada en contra de estos géneros, mas al contrario los admiro, pero Allen lo presenta como si estos fueran los gustos normales de cualquier joven británico y no los de unos jóvenes aristócratas snobs. Este planteamiento a la larga resulta un acierto, pues lo contrapone con todo aquello que no se ve o no se quiere escuchar. Allen vuelve a introducirse en un ambiente culto y refinado para sacar poco a poco lo peor de cada casa. Detrás de una cortina de cortesía y educación se esconden unos sentimientos que no encuentran poros por donde escapar. Los personajes juegan con la codicia y abandonan las buenas maneras rápidamente.

 

Resulta excelente admirar cómo el joven y apuesto Chris va ascendiendo en su estatus social por obra y gracia del enchufismo y el amiguismo, dejando en un segundo o tercer plano la respuesta profesional. Chris logrará subir rápidamente en la empresa de su futuro suegro, para en poco tiempo contar con su propio chofer o cobrar un sueldo astronómico. La inevitable codicia contrasta con la necesidad de lujuria al encontrarse sumergido en una relación sexual profundamente pasional con Nola. La película habla desde un principio del azar, de la influencia que tienen los diferentes pasos dados en vida, de que todo depende de nimiedades para determinar cómo es y cómo será nuestra vida futura. Una de las mejores cosas de la película es presentar la disyuntiva de elegir entre un amor que es pura pasión o renunciar a una posición económica holgada. Lo que para muchos puede parecer una tontería no estaría tan claro para otros. ¿Cuánta gente estaría dispuesta a perderlo todo por amor verdadero? Yo sin duda me incluiría entre ellos, pero en los tiempos que corren no está tan clara la respuesta, en un mundo donde los tiburones abandonan los mares y gritan sobre los parqués de cualquier bolsa internacional.



Tras haber visionado la película en su versión original subtitulada puedo decir que el lenguaje empleado por sus protagonistas es muy refinado, característico de la jet set londinense, con vocablos que ya poca gente utiliza por esos lares. Jonathan Rhys-Meyers está muy correcto en su papel, transmitiendo auténtica frialdad y superficialidad durante toda la película, sin apenas dejar escapar los sentimientos. Su mujer Chloe, interpretada por Emily Mortimer, da auténtico pavor, ante la imposibilidad de buscar emoción en una relación sentimental diseñada al milímetro. Pero la que destaca sobremanera es la jovencísima Scarlett Johansson, que sorprende por su personaje, segura de sí misma y a la vez incierta, ardiente y sensual. Es imposible que ningún hombre heterosexual que acuda a la sala no se sienta atraído por la femme fatal que interpreta. Una actriz muy a tener en cuenta, pero que a su edad y tras numerosas películas de calidad ya ha demostrado su talento.

 

En esta película Woody Allen abandona esos diálogos afilados, es un Allen diferente, pero en su mejor línea. Lo que caracteriza a la película es la falta de sentimientos en toda ella, pues es una representación de personajes reprimidos que pueden explotar en cualquier momento, bien sea bajo la lluvia o jugando un partido de tenis. El final del film es un peloteo entre varios jugadores que mueven sus fichas a riesgo de que la pelota caiga de su lado de la red. Un magnífico guión que provocó el aplauso unánime de las 3000 personas congregadas en la temporal y enorme sala del Velódromo de Anoeta. Una banda sonora compuesta por piezas de ópera y un desarrollo que comienza titubeante, pero muy consciente del punto que debe alcanzar. Una muy buena posibilidad para este otoño, no se la pierdan.

Valoración: