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Mark Knopfler


Kill to Get Crimson Tour - 3-Abril-2008
Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid



Crónica de Jon Ibarra Borra
Fotografías cortesía de SpanishCity


El 3 de Abril de 2008, el Palacio de los Deportes de Madrid vivió una gran noche de música, de sensibilidad en estado puro, de sutilezas y notas musicales para el recuerdo. Esa noche Mark Knopfler, incombustible estrella del rock, dinosaurio, como muchos llaman a este tipo de estrellas que se resisten a morir, quiso deleitar una vez más a sus incondicionales fans que gira tras gira no se pierden ninguna de sus actuaciones.



Minutos antes del inicio del concierto se respiraba un ambiente extraño en los aledaños del pabellón. Una muestra de expectación, de añoranza, de ganas de vivir una gran noche de rock, de folk, de country...de todo en lo que se ha transformado Knopfler con el paso de los años. Allí se congregaban personas de las más diversas edades. Desde adolescentes con la cinta característica del músico en la cabeza, hasta familias enteras. Como en la época de Dire Straits. Porque si algo tiene este artista es su capacidad de atracción y de adicción a sus riffs y sus solos de guitarra. La gente que se engancha al final tiene complicada su desintoxicación.

El escenario vacío de músicos, una hora antes del concierto, sólo con los instrumentos, en penumbra..salvo una cosa. En el centro, levantada sobre un atril, se podía ver la guitarra roja y blanca marca Fender Stratocaster de Mark Knopfler, iluminada por un potente foco. Los espectadores, en un tenue murmullo de museo, se aproximaban al pie de la tarima para fotografiar el instrumento de su ídolo. Una situación curiosa que demuestra la admiración, casi religiosa, que aún hoy despierta el ex-lider de los Dire Straits.



El concierto empezó diez minutos más tarde de la hora prevista, las 10 de la noche. El escenario, como viene siendo habitual en las giras de Knopfler en solitario, era espartano y con poca presencia de pantallas, luces espectaculares y demás parafernalia. Era un concierto para paladear con calma, de hecho todas las entradas eran de asiento. Aún así había un detalle que rellenaba y engrandecía un poco más ese escenario. Una representación gigante de un dobro plateado que posteriormente cobraría vida situándose verticalmente detrás de los músicos acompañando así a las canciones más representativas de este hombre.



El set-list fue más o menos el que nos viene acostumbrando en las últimas giras. Con matices. Esta vez Walk of Life fue sustituída por Cannibals, una versión más edulcorada. Se le notaba menos cómodo interpretando los éxitos de Dire Straits que en anteriores ocasiones. Aun así las inevitables Sultans of Swing, Brothers in Arms, Telegraph Road, So far Away... resonaron con fuerza y aplomo. Hubo maravillas musicales inéditas, como la versión de Marbletown o una canción largamente esperada por los fans, Hill Farmers Blues, que fue uno de los momentos álgidos de la noche. Tras más de dos horas de música el maestro de la guitarra se quiso despedir con la versión "cañera" de Local Hero. Y fue en ese preciso instante cuando las primeras filas esquivaron las prohibiciones de los hombres de seguridad y se abalanzaron al pie del escenario, para tener casi al alcance de la mano al artista que les ha venido acompañando durante gran parte de sus vidas, poniendo banda sonora a buenos y malos momentos, para deleitarse una vez más con un gigante del rock. Y a muchos se les notaba en la mirada la tristeza que provoca el saber que quizás esa noche había sido una de las últimas. Había que disfrutarlo.