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Los Soprano -
Visitando a los chicos de Jersey







por Asier Sisniega Santos

Hace algunos meses escribía en mi anterior artículo que tenía una deuda pendiente con Los Soprano. En 2006 había estado en New Jersey, si bien la mayor parte de los trayectos a lo largo de la región los pasé dormido, debido al cansancio de un viaje transoceánico. Por aquel entonces sólo había visto un capítulo y apenas conocía a Tony y al bueno del tío Junior. Por ese motivo, indicaba en el artículo precedente que tenía una deuda para con esta serie. Por circunstancias de la vida he podido regresar a aquella tierra y cumplir mi palabra. Y es que entre mafiosos una promesa es mucho más que una deuda.

Trataré de hacer un repaso a todos los elementos relacionados con la serie con los que me he cruzado en este viaje. Pocas horas después de aterrizar en la ciudad de los rascacielos, me topé, en el lugar más privilegiado de la hoy desaparecida Virgin Megastore de Times Square, con la edición estadounidense de la serie completa y su preciosa presentación. Por lo que he podido ver, se trata de una gran caja, que en su interior contiene un cuidado libro de importantes dimensiones, donde cada hoja alberga varios de los DVDs de la serie.

Mucho menos previsible fue mi segundo contacto con la serie, esta vez una actriz. Me encontraba junto al edificio Dakota grabando con mi cámara de video, cuando una señora de edad avanzada salió del edificio y fue acompañada al interior de un coche Lincoln. En esos momentos pensé para mis adentros en el gran parecido que tenía la anciana con la actriz Lauren Bacall, auténtico mito de Hollywood y viuda del gran Humphrey Bogart. A mi regreso a España pude comprobar que efectivamente la actriz llevaba viviendo 35 años en el mencionado edificio. Bacall apareció interpretándose a sí misma en el séptimo episodio de la primera parte de la sexta temporada, “El Salón de Lujo”, compartiendo pantalla con otro grande, Sir Ben Kingsley. La actriz salía muy mal parada en su aparición en la serie, ya que era violentamente agredida por unos desconocidos (bien conocidos para nosotros, fieles seguidores). Puedo afirmar, por tanto, que una de las actrices de Los Soprano se ha puesto involuntariamente bajo mis órdenes como director, al haber quedado grabada en vídeo.

Little Italy, como es evidente, ofrece numerosos puntos de interés turístico para cualquier aficionado al mundo de la Mafia o a las numerosas creaciones cinematográficas relacionadas. Así, en el escaparate del Mulberry Street Bar situado en la calle del mismo nombre aparecen varias referencias a la serie. En él encontramos un cuadro pintado a mano de Tony Soprano y otro con los principales actores masculinos de la serie, partiendo en ambos casos de pósteres sobre Los Soprano bien conocidos por los aficionados. Igualmente se incluía un gran póster de la HBO anunciando la serie en sus comienzos. Tampoco faltaban fotografías de actores habituales en películas de mafiosos, donde aparecían muchos rostros conocidos por nosotros, e incluso un anuncio publicitando la línea de vinos creada con el nombre de Los Soprano. Sin abandonar esa calle hay un gran número de tiendas de recuerdos, con una importante presencia de productos no oficiales, como camisetas, fotografías o cuadros.

En el conocido barrio del SoHo me topé con una peluquería de caballeros plagada de fotografías en su exterior donde aparecían algunos de los principales actores de la serie, tomadas junto al dueño tras un corte de pelo y, en general, acompañadas de dedicatorias. Me vais a perdonar, pero no recuerdo el nombre ni la ubicación exacta de la peluquería.

Tampoco dejé escapar la ocasión de visitar la tienda oficial de la HBO en la esquina entre la Sexta Avenida y la calle 42, al lado del Bryant Park y el gran rascacielos que Bank of America acaba de inaugurar. En esa ubicación también se encuentras las oficinas centrales del canal HBO. La tienda es de reducido tamaño y tiene una amplia variedad de productos de sus series más populares, ocupando Los Soprano un amplio espacio. Allí se podían encontrar desde delantales, barajas de cartas, libros, camisetas, gorras, alfombrillas de ratón, pósteres, postales y un largo etcétera. Me hice finalmente con una camiseta que estrenaría apenas unas horas más tarde.

En esos días me acerqué en varias ocasiones al teatro Bernard B. Jacobs, situado en la calle 45 junto a Times Square, para ver qué se cocía en torno a la obra “God of Carnage”, protagonizada por James Gandolfini y que en aquellos instantes se encontraba en fase de ensayos con público de pago. La obra se estrenaba apenas unos días más tarde, el 22 de Marzo domingo. Hasta esa fecha no podría saber la reacción de público y crítica ante una comedia protagonizada además por Marcia Gay Harden, Jeff Daniels y Hope Davis. Una gran fotografía de los cuatro engalanaba parte de la fachada del teatro.   

Con todo, dejé lo mejor para el final. Debía dirigirme a Toronto. Según Google Maps y otras webs con información de carreteras, la mejor forma de hacerlo era atravesando el estado de New Jersey, pasando a apenas centenares de metros de algunas de las más importantes localizaciones de la serie. Había leído a otros compañeros de la web www.lossoprano.tv que pese a que el Tour de Los Soprano era muy recomendable, era quizás más deseable realizar el recorrido cada uno por su cuenta en un coche de alquiler. Estas opiniones las tuve muy presentes a la hora de decidirme por alquilar un coche y desde aquí les lanzo mi más sincero agradecimiento.

Compré un puro en España, preparé un CD donde sus dos primeras canciones fueran “Woke up this Morning” y “Don’t Stop Believin’” y estudié la forma de tomar el Lincoln Tunnel para emular el arranque de la serie. Y así lo hice. Salir del túnel con el puro en mi boca, con la camiseta sopraniana, mientras sonaban los primeros acordes del tema de Alabama 3 fue simplemente maravilloso. El peaje del New Jersey Turnpike, los puentes de hierro, los aviones del aeropuerto próximo, los rascacielos de la Gran Manzana, la Catedral del Sagrado Corazón de Newark o las marismas de las Meadowlands fueron sólo algunos de los lugares que pude observar desde el coche.

Aparqué junto a la iglesia de Santa Cecilia de Kearny que tantas veces hemos podido ver en la serie junto a Satriale’s. Donde en un tiempo estuviera nuestra charcutería favorita ahora sólo hay un solar. Resultaba extraño pensar, en aquella mañana de domingo, que en ese lugar se hubieran rodado gran cantidad de escenas de la serie. Es una zona residencial, con bastante tránsito de coches, pero en ningún caso lo podría asociar con tan importante localización de la serie, pese a que mis ojos hubieran contemplado esos edificios docenas de veces por televisión. En un futuro próximo se construirán pisos de lujo en esa ubicación, con el nombre de Los Soprano, aprovechando al máximo el tirón de la serie. ¿Estará admitiendo el constructor su relación con la Mafia?




Si en el viaje de ida a Toronto circunvalé por el Sur las principales poblaciones de esa área de Jersey, el viaje de regreso lo haría por el Norte. De esa forma, podría visitar el restaurante Holsten’s. Llegar a él no es tarea sencilla si no se cuenta con GPS o si el conductor no se ha estudiado bien las carreteras y salidas adecuadas. Yo particularmente me equivoqué en una ocasión, que subsané rápidamente. Pude haber aparcado en el mismo lugar donde lo intenta Meadow varias veces en el final de la serie, pero finalmente, por una extraña razón, lo terminé haciendo varias manzanas más allá. Al no aparecer las rayas de aparcamiento delimitadas al igual que en España, opté por llevar el coche a una zona menos concurrida.




Lo primero que sorprende de Holsten’s es su elaborado escaparate, mezcla de sabor clásico e infantil, plagado de conejos de pascua y otros dulces más que tentadores. El lugar no solamente es famoso por sus aros de cebolla, sino también por sus deliciosos helados caseros. El segundo elemento que sorprende es la longitud de la barra y el pasillo contiguo que conduce a las mesas. Era un día de labor sobre las 8 de la tarde. Daba por hecho que la mesa del final de la serie estaría ocupada por turistas aún más devotos. Mi sorpresa fue mayúscula cuando comprobé que la mesa estaba vacía. Pedí permiso para sentarme a la camarera y tras hacerlo me sentí por unos instantes Tony Soprano. Visualicé los instantes finales del episodio “Made in America” desde su misma posición. Los dibujos del fondo eran completamente distintos, los baños de hombres y mujeres estaban al revés de como aparecen en el episodio final y tampoco hay gramolas. Lejos de cualquier decepción, mas al contrario, me dispuse a cenar al igual que la familia Soprano. Supuse que la puñalada a la cartera sería grande dada la ubicación. Nada más lejos de la realidad, apenas 18 dólares por una cena para dos personas, postre incluido. De nuevo, no salía de mi asombro. Aquel lugar privilegiado es además realmente barato. No me podía ir de allí sin probar sus excepcionales helados y sin dejar una generosa propina a las camareras que eran francamente agradables.






Como curiosidad, el interior del baño de hombres era bastante antiguo y se parecía sobremanera al de la famosa escena de Al Pacino en El Padrino. Las referencias en el restaurante a la serie no se reducen al cartel que indica que allí cenó la familia Soprano, sino que varias fotografías tomadas durante el rodaje colgaban de sus paredes. Si podéis ir, no dejéis pasar la ocasión de comer o cenar en este lugar. Es algo catártico, algo así como lo que sentiría un católico si hubiera sido invitado a la Última Cena dos milenios atrás.




Todavía habría tiempo para volverme a acercar al teatro Bernard B. Jacobs, donde varios rótulos señalaban a los transeúntes el éxito de crítica de la obra, con reseñas de diferentes periódicos y alabanzas al trabajo de Gandolfini. Tuve la oportunidad de haberle conocido en persona y no lo hice. No sé si traté de evitar romper la magia de la serie, si fue por cuestiones de tiempo o monetarias (no lo creo) o por qué razón. Los seres humanos somos a veces incongruentes. Siempre que dejo atrás un lugar hermoso, me gusta no visitar alguno de sus lugares más simbólicos. De esa manera, intento obligar al destino a traerme de vuelta, al igual que lo hizo con Nueva Jersey. Mucho me temo que dentro de unos años Gandolfini no esté en ese teatro interpretando su papel de esposo. Pero conviene no perder la esperanza, tal vez lo esté haciendo en otro teatro.