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La pobreza a comienzos del siglo XXI




por Asier Sisniega - Artículo escrito y publicado el día 9 de Enero de 2007

Comenzaré explicando el motivo que me ha impulsado a escribir este artículo. Durante el pasado día de Navidad, mientras se celebraba en mi casa la habitual sobremesa festiva, el telediario comenzó a mostrar imágenes de niños africanos en un lamentable estado de salud y de hambruna galopante. Ante este hecho, una persona de las allí presentes, que no es miembro de mi familia, afirmó que esas imágenes no deberían aparecer en televisión y menos aún en tan señalado día. Subrayó asimismo que no se sentía para nada culpable de la situación de esta gente y que tenía la conciencia muy tranquila.

Ante semejantes afirmaciones yo no me pude contener y repliqué que esas imágenes no sólo eran necesarias, sino además acertadas por mostrar que no todo el mundo puede disfrutar de las comodidades del Primer Mundo, ni siquiera de necesidades tan básicas como la comida, agua o medicinas. Es una postura muy cómoda hacer la digestión el día 25 de Diciembre con el estómago bien lleno, nada que hacer en todo el día y una temperatura agradable en la casa que ayude a sobrellevar el invierno, mientras una venda nos tapa los ojos deliberadamente para evitar contemplar aquello que no nos gusta. En una cosa tenía parte de razón, que muchos de estos problemas son causa de algunas de las personas más poderosas del planeta, pero disiento en que nosotros como personas individuales no podamos hacer nada al respecto. Yo pienso que en nuestra mano no está revolucionar el mundo de raíz, ni siquiera lograr algo significativo en los informes anuales, pero qué menos que albergar una cierta conciencia de los problemas a los que nos enfrentamos, hacerlos nuestros y tratar de aportar un pequeño granito de arena aunque sólo sea para sembrar entre los nuestros esta conciencia sobre la pobreza. Al fin y al cabo, el planeta Tierra sólo equivale en el Universo a un grano de arena de todas las playas del mundo y sin embargo, nadie se atreve a restar importancia a nuestra diminuta existencia.

No pretendo analizar todos los problemas, sus causas y las posibles soluciones, sólo haré mención a algunos de ellos para tener una idea general. Comencemos con algunos datos: 1100 millones de personas viven con menos de un dólar diario, 2740 millones de personas con menos de dos dólares diarios, 1000 millones de personas controlan el 80 % del Producto Interior Bruto mundial mientras tantos otros se mueren literalmente de hambre, 50000 personas mueren al día fruto de la pobreza, la  mayoría son mujeres y niños, 6600 personas mueren a diario de SIDA, 800 millones de personas se van a la cama cada día con hambre…


Esperanza de vida por países


Porcentaje de población en cada continente que vive con menos de un dólar diario

En la década de los 90, las tasas de pobreza se redujeron en el Este de Asia, mientras que se mantuvieron en América Latina, Oriente Medio y Norte de África. Las tasas de pobreza aumentaron en Asia Central, ciertos países de Europa y en África Subsahariana la situación tampoco mejoró.



Figura 1: Reducción y crecimiento de la pobreza

Figura 2: El crecimiento no aumenta la desigualdad

Cuando en el pasado Live 8 de 2005 se mostraban imágenes de una madre preparando una sopa con piedras para que sus hijos vieran el vapor y creyeran que iban a poder comer ese día mientras caían rendidos por el sueño o cuando aparecía un hombre comiendo el cuero que había arrancado de una silla, no se trataban de vídeos rodados por actores que intentaran despertar conciencias altruistas en el Primer Mundo, eran simple y llanamente una parte de la realidad de este mundo.

Como economista, me sorprende escuchar o leer las ideas de la mayoría de economistas que aparecen en los medios de comunicación. Son unos profesionales que en gran parte de las ocasiones gozan de una falta de prestigio debido a su incapacidad para predecir acontecimientos económicos futuros. En muchas ocasiones este mal nombre es bien merecido, muchos de ellos hacen oídos sordos a la problemática mundial y parecen sólo preocupados por engordar las arcas de grandes multinacionales y accionistas, empresas estas que en cuestión de años cambiarán de nombre, bien porque han sido absorbidas o debido a que se han transmutado en insaciables colosos aún mayores. Muchos de los discursos de estos economistas son del todo inhumanos, los Países en Vías de Desarrollo parecen no existir y sólo se les contempla como piezas fundamentales del puzzle de la globalización a la hora de producir con costes baratos. Los economistas y por correlación los libros de Economía siempre comparan nuestra economía con las de las grandes potencias, nunca se busca en qué fallan las economías más débiles, es decir, siempre se mira hacia arriba y nunca hacia abajo. Es muy difícil encontrar un profesor que muestre estas otras realidades económicas.

Un dato más que representativo y que ayudará a muchos a clarificar sus ideas es la plasmación que se hace del continente africano en los mapas que todos tenemos en nuestras casas. La mayor parte de los mapas representan a África mucho menor de lo que realmente es, mientras que el tamaño real de Europa se expande hasta parecer un gran continente. Esto no es más que la traslación del poder económico a campos tan insospechados como los mapas. Tomamos el continente pobre y lo empequeñecemos, cogemos el territorio rico y mucho menor y lo estiramos irrealmente. Otro de los datos más relevantes que arroja luz sobre el problema es la distancia que separa al grupo de los más ricos del grupo de los más pobres. Si tomamos el 10% de los más ricos del planeta y comparamos su riqueza con aquélla del 10% más pobre veremos que la diferencia se va haciendo mucho mayor a lo largo del siglo XX, experimentándose una enorme separación entre ambos grupos en las últimas décadas del siglo.

Todo esto nos lleva a analizar el modelo capitalista neoliberal que las sociedades occidentales han aceptado como bueno desde hace bastantes décadas y que ha arrojado un poso en forma de datos y de situaciones dramáticas a lo largo y ancho del planeta. No cabe ninguna duda de que este modelo económico ha aportado una capacidad para suministrar innumerables bienes y servicios a quien pueda acceder a ellos, el problema es precisamente ése, el capitalismo proporciona estos bienes y servicios de forma eficaz a una pequeña parte de la población mundial, concentrando sus bondades en muy pocas manos y estrujando hasta lo indecente a los más desfavorecidos. En los últimos años se está contemplando con asombro como este modelo tiende a ser todavía más exclusivista, a reducir sus afortunados clientes y a incrementar el número de personas que no pueden satisfacer todas las posibilidades que este modelo les ofrece.


Cuando cada año los gobiernos anuncian las cifras económicas, debemos abrazar con regocijo que nuestro país crezca un tres o un cuatro por ciento, pero esto de poco sirve si no llega a mucha de la gente de a pie incluso en los países ricos. De poco sirve al pueblo llano que se lance un nuevo modelo de Rolls Royce si sólo unos pocos elegidos van a poder disfrutarlo, mientras muchos otros suspiran por un vehículo símbolo del triunfo capitalista. Y llegado a este punto, cabe reseñar la idea capitalista del triunfador, aquél que ha sabido o simplemente ha podido acceder a todo lo que el mundo occidental le ofrece, formando un grupo reducido de teóricos triunfadores y un grupo mucho más numeroso de igualmente teóricos fracasados. El resultado, la insatisfacción general.

Vayamos con algunas de las causas de los problemas más acuciantes. En América Latina contemplamos un número muy reducido de grandes riquezas que contrastan con una población sumida en la pobreza y la miseria. Chile es el mayor exponente económico de esta región del planeta y ni siquiera se acerca a las cifras económicas de los países del Primer Mundo. La corrupción ha sido otro lastre en todos y cada uno de estos países, como se ha podido comprobar en casos tan sangrantes como el de la economía argentina.

Los Países en Vías de Desarrollo han basado su comercio internacional en la exportación de materias primas y la importación de bienes de equipo, por tanto perdiendo la oportunidad de producir aquellos bienes que requieren mayor capital humano y desarrollo tecnológico. Con el fenómeno de la deslocalización algunos países, en especial los del sureste asiático, se han convertido en las fábricas tecnológicas del mundo, pero rara vez los diseños parten de estos países. Se tratan pues de meras herramientas para abaratar costes, y el día que estos países gocen de una saludable base sindical y unos altos salarios, las empresas desmantelarán rápidamente sus pabellones y se trasladarán a la nueva economía emergente. Por algo se dice que el capitalismo y las multinacionales no entienden de otra patria que no sea la del dinero.

En estos últimos años países como China, Taiwán y la India están creciendo a ritmos vertiginosos, en cifras económicas poco menos que descontroladas que están dando lugar a fenómenos antes desconocidos, como ciudades vertedero, la destrucción de lugares históricos para levantar discutibles rascacielos de oficinas, en un alarde de progreso que necesitaría un mayor periodo de reposo para tomar unas decisiones más correctas y no convertir el país en una vergüenza de neón y cristal, especialmente grave es el caso de China y ciudades como Shanghai.

Entre 1970 y 2002 África recibió préstamos de países e instituciones internacionales por valor de 540.000 millones de dólares, de los cuales han devuelto 550.000 millones, pero aún adeudan 293.000 millones más. Esta deuda se debe a los intereses que han de pagar y a la debilidad de sus monedas en los tipos de cambio internacionales. En 2005, 18 países desfavorecidos se beneficiaron de la condonación de la deuda que mantenían con el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Fondo Africano para el Desarrollo. Próximamente se espera que se agregue una lista de otros 20 países más, igualmente endeudados. Sin embargo, uno de los escollos que deberán salvar es la profunda corrupción existente en estas regiones, que anulan en parte cualquier ayuda que pueda venir del exterior. Cabe destacar que el problema de la deuda no sólo se circunscribe a África, ya que muchos otros países de otros continentes presentan el mismo problema.



 

Recordando la falta de agua potable en millones de hogares y la imposibilidad de acceso a una educación básica para más de un centenar de millones de niños, llegamos a otro punto controvertido, el acceso a las medicinas y el papel de las grandes farmacéuticas. Enfermedades como la malaria y el SIDA asolan estos países, y aunque se han producido ciertos avances en los últimos años, muy esperanzadores en el caso de la malaria, el esfuerzo no es el suficiente. La política de las grandes farmacéuticas es muy fácil de resumir. Éstas no son ONGs y deben lograr beneficios que presentar a sus accionistas. Puesto que los africanos apenas disponen de dinero para medicinas no es un mercado apetecible donde engordar sus cuentas de resultados. Investigar para lograr encontrar una nueva vacuna requiere de muchos millones de dólares y un importante esfuerzo humano, esfuerzo que no merece la pena realizar si nos atenemos a las cifras potenciales de beneficio. Esto que puede sonar cruel e inhumano, no es más que la realidad de un sistema económico basado en la maximización del beneficio, donde se olvida lo más básico, el derecho a una vida digna de las personas.

Dar con una vacuna no es algo sencillo lógicamente, pero menos lo es aún si no se destinan a ello los esfuerzos suficientes, dado que simplemente no es rentable. Y mientras tanto contemplamos los 1 a 3 millones de muertos anuales a causa de la  malaria, en su mayoría niños menores de 5 años, que son los más frágiles ante el azote de la enfermedad. Me ahorro el trabajo de explicar las prácticas de algunas farmacéuticas en África, donde no sólo despreocupadas por no obtener nuevas vacunas que no se necesitan en el mundo occidental han utilizado grupos de personas como auténticas cobayas.


El sistema económico neoliberal ha logrado que en la mayoría de los hogares del Primer Mundo los frigoríficos, auténticos gigantes de dos metros, estén repletos de comida, con productos de todas las clases y que requiere a veces por nuestra parte de un particular ingenio para poder almacenar toda la comida en el frigorífico, en otras palabras, tenemos más comida que sitio. Basta con recordar las pasadas Navidades, con la cacareada dieta de la cuesta de Enero para bajar esos kilos de más cogidos en el periodo festivo. Así pues, en los Países Desarrollados uno de los principales problemas es la obesidad, seguramente el más importante en el campo de la salud, mientras que en otros lugares no es que no dispongan de frigorífico, sino que ni siquiera disponen de alimentos. Mucha de la comida que consumimos aquí se presenta bajo envoltorios llamativos, anuncios recurrentes, nombres rimbombantes y precios al alcance de cualquier bolsillo, sin embargo muchos de ellos tienen un aporte alimenticio nulo y sí muchas calorías y grasas saturadas. De nuevo, nos encontramos ante el objetivo de maximizar el beneficio, en ocasiones dañando la salud de los ciudadanos, con el sólo objeto de reducir costes. Ni siquiera lo que nos llevamos a la boca se libra de este modelo neoliberal, ofreciendo muchos de los productos sanos y de aporte vitamínico a precios desorbitados para el bolsillo medio, dando lugar a como he podido observar en la sociedad estadounidense a verdaderos grupos raciales desfavorecidos afectados por obesidad mórbida.

Y ya que mencionamos los Países Desarrollados, fijémonos en la economía doméstica. En el caso de España, 8.500.000 personas viven por debajo del 50% de renta media disponible, denominada pobreza relativa. La pobreza severa afecta a más de 1.700.000 personas, con unos ingresos por debajo del 25% de la renta media disponible y 528.000 personas viven directamente en la pobreza extrema. Mientras tanto, la riqueza total del hombre más rico del país, Amancio Ortega, representa el total de ingresos de un año de todos los hogares de una ciudad como Valencia o Zaragoza.

En los últimos años se escuchan en la calle las quejas de la gente corriente con respecto a los precios, no sólo los de la vivienda, sino los de los bienes primarios. Muchos lo achacan a la entrada del euro, sea como fuere, resulta evidente que la cesta de la compra que el ciudadano medio español adquiere es menor ahora que hace unos años, teniendo lógicamente en cuenta la inflación. En otras palabras, que resulta mucho más difícil llenar el carrito de la compra con el salario medio de lo que lo era antes. Si a esto aunamos el encarecimiento de los combustibles, electricidad, transportes, vivienda y un largo etcétera, nos encontramos con una calidad de vida bastante inferior que diez años atrás.

Esto parece una consecuencia visible del modelo capitalista, que parece no tener fin en su ambición por estrangular individuos a su paso. Mientras las grandes empresas anuncian increíbles beneficios plagados de ceros, en las calles se oyen las quejas. Sin embargo, cosas más superfluas y menos necesarias como los paquetes vacacionales o las últimas tecnologías se han democratizado en los precios, en buena medida gracias a la deslocalización y la reducción de salarios.

En los Países Desarrollados se contemplan miles de personas sin techo que duermen al raso, coberturas sanitarias que en el caso de Estados Unidos no llegan a más de 60 millones de personas que no pueden permitirse un seguro sanitario; y un progresivo acercamiento a los Planes de Pensiones Privados y recorte futuro de las pensiones públicas.  El Gobierno Bush ha sido el precursor, siendo seguido por otros, de la idea de que las pensiones públicas no son eternas, y llegará el día en que tengamos que madurar y pagarnos nosotros mismos de alguna forma (desconozco cuál) nuestra propia vejez a través de pensiones privadas. Un recorte por tanto progresivo de algunos de los mayores logros sociales, que de nuevo menoscaban la calidad de vida de los ciudadanos. De nuevo no entraré a pormenorizar el mercado laboral de los países europeos y del resto de Occidente, ni la llamada burbuja inmobiliaria española, no es cuestión de convertir este artículo en un tomo ilegible, pero evidentemente ambos problemas están ahí.

 


Las economías del Primer Mundo que llegan a través de la omnipresente televisión al Tercer Mundo, muestran sociedades de parque temático donde los ciudadanos de los Países en Vías de Desarrollo pueden encontrar salida a sus penurias. Esto ha llevado al fenómeno de la inmigración ilegal, que tantas noticias ha copado este recién terminado 2006. 6.000 han sido las personas que han fallecido en las aguas tratando de alcanzar nuestro país este año, repito 6.000, una cifra que no ha sido demasiado publicitada no vaya a ser que se nos atragante la sopa durante el telediario. Sólo basta pensar en la desesperación de esta gente que arroja a sus mejores hijos a una aventura de la que gran parte no saldrá nunca.

Como una mujer me mencionaba hace unos meses, “esta gente viene al país sin papeles, sin estudios, no como los españoles que emigraban todos con papeles y con trabajo”. Las noticias de periódicos de hace algunas décadas desmienten esta afirmación gratuita y demuestran que la desesperación hoy está en el Sur pero hace 70 u 80 años estaba en nuestro país, sin olvidar la emigración de millones de españoles en la década de los 60 a diferentes países europeos. Si la población de los Países en Vías de Desarrollo tuviera las mismas oportunidades y nivel de vida, esta lacra marítima desaparecería, al igual que desapareció la masiva emigración española con la bonanza económica. Asimismo, no podemos olvidar que las diferencias económicas Norte-Sur y las distintas tácticas para mantener la hegemonía del Norte son un ingrediente importante del caldo de cultivo del terrorismo internacional, sin duda una excelente forma de atemorizar y a la par controlar a la ciudadanía.

Con todo, el sistema neoliberal no se contenta con asfixiar a gran parte de sus ciudadanos, sino que además destruye el medio ambiente. Este modelo centrado sobre todo en el petróleo como materia prima fundamental no sólo ha provocado guerras, sino que la contaminación está desembocando en fenómenos de todo tipo cada vez más próximos entre sí. Huracanes, maremotos, inundaciones, agujeros en la capa de ozono, calentamiento global que permite que hoy 9 de Enero disfrutemos de 18 grados de temperatura a la sombra, una temperatura primaveral, sino veraniega. Miles de especies en peligro de extinción, desertificación progresiva, enfermedades respiratorias de todo tipo, sequías en lugares tradicionalmente lluviosos y un largo etcétera.

Bien es cierto que muchos de estos fenómenos se producirían de forma habitual pese a que la mano del hombre no interviniese, pero su interacción en los últimos dos siglos ha desencadenado fenómenos muy agresivos, que producen cada año decenas de grandes catástrofes. El fenómeno del Niño fue particularmente grave en 1997 y muchos de los años de mayores temperaturas medias registradas se han producido en los últimos diez años, con perspectivas de que 2007 supere los registros de 2005. Otros ejemplos son: el tsunami del 26 de Diciembre de 2004 que causó la muerte de 250.000 personas, el sangrante caso de Nueva Orleáns y el Huracán Katrina con 1422 personas fallecidas, y una ayuda gubernamental que tardó demasiado en llegar, fruto de la poca importancia que otorgaban a sus ciudadanos al tratarse en su mayoría de personas pobres de color. Incluso el que suscribe tuvo que padecer las inclemencias del Huracán Ernesto a bordo de un avión, una experiencia poco recomendable.

En estos momentos los dos países más poblados de la Tierra, China e India, gracias al crecimiento económico, tratan de imitar el modelo occidental y usar los vehículos de forma masiva. Si la situación planetaria ya es insostenible, lo será aún más con la incorporación de estos dos gigantes, esto sin olvidar que el petróleo es una fuente de energía limitada de la cual comenzamos a vislumbrar su final en un futuro no demasiado lejano. En esta tesitura, y con el fin de evitar incrementos desmedidos en el precio del petróleo, así como posibles conflictos y daños irreparables en la naturaleza, se deberían dar pasos reales ya, no pequeños pasos, sino grandes avances en el uso de energías alternativas.

 

En 1980 el comercio africano representaba el 6% del comercio mundial, en 2002 sólo representaba el 2%, pese a contar con el 12% de la población mundial. Si queremos acabar con esta situación e invertirla, para lograr alcanzar los 8 grandes Objetivos de Desarrollo del Milenio en 2015, que muchos ya califican de inalcanzables, se debe actuar desde este mismo instante.

¿Qué podemos hacer nosotros como sujetos unitarios? He aquí la pregunta con la que comenzábamos, consecuencia de la anécdota que he narrado previamente. Se pueden hacer muchas cosas, pocas o ninguna. Sin duda, la peor opción es la última. Intentar cambiar las tornas no equivale a estar obsesionado las 24 horas del día, ni siquiera a dejar de consumir en el Primer Mundo, algo prácticamente imposible teniendo en cuenta la forma en que vivimos. Se puede colaborar donando todos los meses una pequeña cantidad, evitar el uso del coche para cosas innecesarias y potenciar el transporte público, colaborar en ONGs bien desde aquí o en los lugares que reciben la ayuda, comprar boletos, calendarios o bolígrafos a favor de campañas, donar ropa, juguetes o aparatos que aún funcionen, al igual que hacen algunas instituciones públicas, y un largísimo etcétera. La cuestión fundamental es concienciarse del problema y transmitirlo a los demás, no apagar el televisor y enojarse porque se nos muestran imágenes de niños moribundos.

El presentador Juan Imedio decía recientemente en una entrevista lo siguiente:

No sería justo hablar sólo de una ONG. Pertenezco a Amnistía Internacional, soy embajador de UNICEF, estoy en Greenpeace, en la Asociación Española contra el Cáncer...No digo más porque puede parecer presuntuoso. Me he introducido en todas estas asociaciones por cobardía y egoísmo. Cobardía porque no tengo valor para ir a donde están los problemas, a focos infectocontagiosos, a países con analfabetismo. Y por egoísmo porque me siento muy bien. Da un sentido a la vida.”

En su razonamiento hay mucha lógica del pensamiento que tenemos desde nuestra cómoda posición occidental. No es de esperar que todo el mundo tenga la valentía suficiente para ir al campo de batalla a enfrentarse con los focos infecciosos y la hambruna, ni Juan Imedio, ni yo mismo. Siempre hay gente que puede colaborar desde aquí de un modo o de otro, mientras que otras personas sienten la necesidad de ir al lugar donde se encuentran los problemas y ayudar in situ. Por tanto la actitud de este hombre es encomiable, reconocer su falta de valor, pero a la vez colaborar de distintas formas.

Recomiendo encarecidamente el visionado del programa Voces contra la Globalización: Otro Mundo es Posible, que se emite cada domingo en la 2 sobre las 21:50 de la noche y donde de forma mucho más eficaz que en este artículo se enfoca la realidad mundial y a dónde conduce el modelo neoliberal, expuesto por casi un centenar de expertos internacionales, artistas e intelectuales de reconocido prestigio. Creo que aún quedan un par de programas por emitir. Aquél que quiera conseguir los programas anteriores puede hacerlo a través de la red Emule, son un total de siete. 

Yo, en mi caso, he adquirido productos de comercio justo que garanticen que han sido producidos de forma digna en sus países de origen y que los salarios sean adecuados, no salarios del hambre en jornadas maratonianas. Cada día pincho en Internet en esta web: 

http://www.thehungersite.com/cgi-bin/WebObjects/CTDSites  , se trata de una empresa con ánimo de lucro, pero que hace una tarea muy loable, financiar ayuda a los desfavorecidos gracias a la publicidad que aparece en la web. Cada vez que una persona pincha el recuadro que indica “Help Feed the Hungry” dona de forma gratuita 1,1 tazas de alimento básico. A día de hoy ya se han donado a través de esta web más de 300 millones de tazas de comida. Del mismo modo, se puede pinchar para colaborar en el control de la salud infantil, en la protección de la naturaleza, de los animales, el fomento de la lectura y la realización gratuita de mamografías, lugares que diariamente yo también visito y pincho. En ciertas ocasiones mi familia dona pequeñas cantidades a ONGs o simplemente escribo este artículo para que esté a disposición de todo el mundo en el ciberespacio. Tampoco cojo el coche con asiduidad para evitar una polución innecesaria y tratamos de reciclar y separar en categorías los distintos desperdicios domésticos. Quizá no sean aportes significativos, ni importantes, pero si cada uno de nosotros hiciera un pequeño esfuerzo las cosas sin duda mejorarían, y el mundo lo notaría. Por tanto, las afirmaciones realizadas por la mencionada persona el día de Navidad en mi casa creo que tienen respuesta, podemos y debemos hacer algo para cambiar todo esto por pequeño que esto sea, aunque tan sólo se trate de concienciarnos nosotros mismos y los que nos rodean.